
El tiempo pasa desde hace quién sabe cuanto...tiempo. ¿Es que nadie se va a preguntar nunca en qué piensa? Condenado desde... tiempos inmemoriales a pasearse por las calles, por los bares, por las dunas, por las nubes, a apoderarse de vidas ajenas acompañándolas hasta su extinción y aún siguiéndolas después, quién sabe hasta cuando, no ha tenido ni un sólo instante de respiro desde que llegó al mundo. Una cólera irreprimible se apoderó del tiempo en cuanto su creador le anunció su destino. El tiempo está melancólico, el tiempo es melancólico, el tiempo lo ha visto todo, añora... tiempos mejores, quiere parar, y no puede. El tiempo se siente impotente y está furioso. Si es injusto es porque se ha visto obligado. Sabe que el mundo llegará a su fin y que él asistirá igual que asistió a su principio, y que, aún después, él seguirá ahí, siempre expectador, pasivo a la vez que fatalmente constante. Malditos sean aquellos que quieren hacernos creer que el tiempo es medible, que pasa igual para todos. Malditos aquellos que como fieles vasallos creen en esas osadas palabras. El tiempo es versátil, mi tiempo no es tu tiempo. Para mí mucho, para ti poco y viceversa en un mismo espacio. Mi tiempo es mío. Es injusto, es justo desde otra perspectiva. El tiempo sólo intenta vengarse por su cruel existencia. Envidia a aquellos que poseemos el magnífico don de la mortalidad y nosotros, simples ignorantes, tememos más que a nada la hora de sumirnos en ese espléndido y etreno letargo. El tiempo vuela para quienes no lo quieren, deambula para quienes lo anhelan. ¿Injusto? Lo único que quiere el tiempo es morir.